Al principio, quisimos buscar una editorial que estuviera dispuesta a publicar nuestro trabajo. Sin embargo, los resultados no fueron demasiado positivos. Es obvio que las editoriales grandes no le pasan pelota a gente como nosotros, autores nóveles.
Por otro lado, con las editoriales pequeñas sucedía algo extraño: no ofrecían mucho más allá de la mera impresión del material… ¿Distribución?, ¿Prensa?, ¿Presentaciones?… “Y… vamos a ver… mil ejemplares se pueden vender sólo en presentaciones… de todos modos podemos ubicarlos en algunas librerías de corrientes o en las que están sobre Puán”.
En otra vereda, hay editoriales que publican cualquier cosa. Es el caso de Dunken, que se alimenta de personas que quieren editar sus libros a toda costa y pagar lo que sea por ello. Es gente que quizás quiere darse ese gusto, el de ver publicada su obra en formato libro.
Pero este no era nuestro caso: Vamos a rockearla es, para nosotros algo tanto más valioso porque salió de nuestras visceras… no es simplemente un capricho. Por lo tanto, pasado un tiempo de idas y venidas, propuestas y contrapropuestas editoriales… decidimos comenzar a revolver y revolver y buscar imprentas en lugar de editoriales.
Fue extraño, porque fue un corte muy abrupto que nos permitió empezar a pensar nuestro proyecto de otra forma. Fue así como deambulamos por varias posibilidades hasta decidirnos por una imprenta que nos recomendó Gabo Ferro: “Una imprenta muy chica, que labura muy bien y no te van a cagar porque cuidan su puestito” (la cita no es 100% fiel, pero algo así quiso decir). Para ese entonces, estábamos en la segunda mitad de enero y ya teníamos decidido qué papel ibamos a usar, qué formato y cuántos colores. Era maravilloso, todo empezaba a cobrar forma. Pero, vale aclarar que aún no teníamos idea de quién iba a ser el diseñador.
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